Entre el Peloponeso y Asia Menor se encuentra la isla de Creta, cuna de una de las mas antiguas y fascinantes civilizaciones, la civilización creto – minoica, que floreció aproximadamente entre los años 2700 a 1450 A.C. y fue una de las primeras civilizaciones aparecidas en Europa, y uno de los lugares preferidos por los antiguos  dioses para correr distintas aventuras.

Según nos cuenta Hesíodo, en su famosa Theogonia, Kronos, por aquel entonces Rey del Olimpo, había desarrollado la costumbre de comerse a sus hijos a medida que nacían, para evitar que le quitaran el trono. Rhea, esposa de Kronos, cuando nace Zeus, su sexto hijo, desesperada por salvarlo, le entrega a su marido una piedra envuelta en lienzos para que se la coma y  huye con el niño a Creta y lo esconde en el  Monte Ida, donde es recibido por las ninfas que velaron por el, junto con otros seres de la montaña.

Pasó el tiempo y encontramos a Zeus, ya transformado en rey del Olimpo, y oficiando del mas famoso playboy de su tiempo,  casado con Hera,  celosa y vengativa con razón, ya que sus augustos cuernos eran famosos en el cielo y en la tierra. Dios de múltiples recursos, a fin de despistar a Hera y poder solazarse con tranquilidad, solía  adoptar distintas formas o hacérselas adoptar a sus amantes.

Andaba paseando por Sidon o por Tiro cuando vio, en una plaza, a Europa jugando con unas amigas, profundamente enamorado tomó la forma de un hermoso toro blanco, se acercó a la joven y se echó a sus pies, Europa lo acarició y se le sentó encima. Raudamente el toro enfiló hacia el mar y no paró hasta llegar a Creta, donde se unió con la joven. De esa unión nacieron tres hijos, uno de los cuales fue Minos, futuro rey de Creta. Pasó el tiempo, y a su muerte Europa recibió honores divinos y el toro en el que se encarnó Zeus para raptarla fue ascendido al cielo, se transformó en la constelación de Tauro y fue ubicado en el Zodíaco.

Minos se casó oportunamente con Pasifae, criatura ardiente que se enamoró de un hermoso toro blanco, enviado por Poseidón, el dios de los mares, a Creta, como castigo por no haber cumplido Minos con una promesa. La reina sufría y envidiaba hasta el odio a todas las vacas que despertaban la lujuria de su amado, y le pidió a Dédalo, constructor del famoso laberinto, que construyera una vaca falsa que le permitiera ubicarse adentro y así poder tener amores con el bovino, y lo consiguió y oportunamente nació de esa unión el Minotauro, monstruo al que durante muchos años se sacrificaría la flor de la juventud ateniense, hasta que fue muerto por Teseo.

Creta anidó a una de las civilizaciones mas exquisitas del Mediterráneo. El toro fue su símbolo y su dios, muchos jóvenes cretenses practicaban la “danza con los toros” y lucían sus habilidades frente a los toros en festivales que congregaban bailarines de origen diverso.

Todo parece indicar que el cretense fue un pueblo muy adelantado, dedicado al comercio exportaban joyas, cerámicas, pescados en conserva, vinos, afeites, y perfumes, todos muy apreciados por sus contemporáneos. Se cree que fue uno de los primeros, si no el primer pueblo, en tener agua corriente en sus ciudades. El máximo esplendor de la civilización creto – minoica coincidió con el gobierno de la XVIII dinastía del Imperio Egipcio,  una de las mas importantes y tal vez la mas famosa del antiguo Egipto.  Uno de sus mas conocidos faraones, Akhenaton, trasladó la capital del imperio a la ciudad de Akhetaton, fundada por él, y contrató artistas cretenses para pintar los muros de su palacio.

Los artistas cretenses se inspiraban en la naturaleza, y a diferencia de los artistas egipcios, no tenían normas religiosas ni  consuetudinarias que les obligaran a dibujar o a pintar de una forma precisa. Por esta razón, las obras maestras que nos han legado, distribuidas  fundamentalmente en muros y  objetos de cerámica, nos enseñan a través de su armonía y delicadeza la magnífica calidad de los artistas cretenses.

Esas obras también nos señalan que el pueblo cretense supo construir un magnífico equilibrio entre su habilidad para ejercer el comercio y la sensibilidad artística que los destacaba. Era un pueblo que disfrutaba “la joie de vivre”, gustaban de las fiestas, de engalanarse y de amar libremente y sin límites. La belleza y la gracia de sus hombres y de sus mujeres fue también famosa en la  antigüedad, y su recuerdo ha quedado entre nosotros, plasmado en los murales de sus ciudades. Por todo esto me hacen acordar a otro pueblo, posterior pero también casi desconocido,  los etruscos.

Desaparecieron abruptamente, actualmente se cree que un terremoto de proporciones extraordinarias originado en Thera, una isla vecina, provocó un maremoto que se  desplazó hacia Creta, provocando una gran inundación y una lluvia de cenizas.

Esto es todo lo que tengo por ahora que contarles sobre Zeus y sus amores y sobre la maravillosa

civilización cretense.